FÉLIX DE AZARA

(1742-1821)


Militar, marino, ingeniero y naturalista, descubridor científico de las tierras del Río de la Plata, sus Viajes a la América Meridional le dieron fama en el mundo entero. Calles y monumentos lo recuerdan en el Nuevo Mundo.



Retrato. (Goya)
Su hermano Eustaquio fue obispo de Barcelona; Lorenzo, deán del cabildo de Huesca; Mateo, oidor en la Audiencia barcelonesa; y Mariana alumbró a Eusebio -ministro de Estado-, Dionisio -cardenal- y Anselmo -marino afamado-. Otro hermano, José Nicolás, fue, quizá, el más valioso diplomático de Carlos III y Carlos IV. Amigo de tres papas, del emperador José II, de Catalina de Rusia, de Federico de Prusia, admirado por Napoleón, noble con título italiano, protector del pintor Antonio Rafael Mengs y aclamado en Roma, donde se acuñó una medalla conmemorativa con su nombre, por sus desvelos en proteger a la Ciudad Eterna frente a la amenaza de las armas napoleónicas.

Esta familia sobresaliente tuvo en Félix a su hijo más universal, aunque no sea hoy el más famoso en España. Nació en Barbuñales, el 19 de mayo de 1742 y, tras sus estudios universitarios en Huesca y Barcelona, se hizo ingeniero militar. Tuvo un activo historial, incluyendo acciones de guerra que casi le cuestan la vida (Argel, 1775). Y como militar fue enviado por el rey, en 1781, a que estableciera los límites hispano-portugueses en América del Sur. Doce años invirtió el aragonés en estudiar aquellos inmensos confines, en los que no dejó aspecto por averiguar: recursos, geografía, fauna y flora, poblamiento, distancias y comunicaciones. Sus cuadernos de notas eran, casi, una biblioteca.

El Paraguay, particularmente, pasó por el tamiz de su penetrante inteligencia y tuvo en él su primer conocedor científico modemo. La última colonización española en América, la de la «Banda Oriental» uruguaya, fue protagonizada por Félix, que eligió como auxiliar al futuro padre de aquella república, Artigas, nieto de un aragonés de La Puebla de Albortón.

El trabajo de don Félix mereció tanto, que tiene, hoy en día, calles y estatuas en Montevideo, en Barcelona, en Buenos Aires y en Asunción, cuando menos. Las tierras del Río de la Plata reconocen en él al primer investigador total de la zona. Sus libros obligaron a la ciencia europea a rectificar la obra casi intangible de Buffon y sus observaciones naturalísticas son ascendientes directas de las que, poco más de medio siglo después, llevarían a Charles Darwin a formular su tesis de la evolución delas especies: publicados algunos de sus estudios en París, Napoleón Bonaparte lo presentó en el Museo de Historia Natural, acaso la institución científica más relevante, en ese campo, del mundo entero.

Editadas esas obras suyas en las prensas parisinas, su importancia hizo que, al poco, en España se acelerara el crecimiento de su fama y que se tradujesen sus estudios al alemán y al inglés. Vuelto a Aragón y sin haber olvidado nunca su condición de fundador de la Real Sociedad Económica, se ocupó de estudiar problemas de economía y agricultura de su tierra, en la que sus restos yacen para siempre, acogidos a la hospitalidad que póstumamente le brindaron los Lastanosa en la catedral oscense.

Guillermo Fatás.


Publicado en: Beltrán, M. ; Beltrán, A. ; Fatás, G. (dir. y coord.).Aragoneses Ilustres. Zaragoza: Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1983. p. 34-35.


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