La prostitución

Goya se ocupó de este tema escabroso sin tapujos, como lo hizo con tantas otras contradicciones de su época



Bellos consejos

(Caprichos)

La extensión de las enfermedades venéreas tras la conquista de América -y no las críticas de la Iglesia, repetidas durante siglos- abocó a la clausura de los prostíbulos españoles en el siglo XVII. Durante la Edad Media y gran parte de la Moderna, los lupanares habían sido regulados y protegidos por los concejos, de los que, por supuesto, percibían impuestos.

Como el lector podrá imaginar, las medidas tomadas no acabaron con la prostitución. Muy al contrario, al calor del desarrollo urbano de las grandes ciudades peninsulares y de la cuantiosa inmigración, en particular en la capital de España, el oficio más viejo del mundo se convirtió en una de las actividades más pujantes del XVIII español. Y todo ello fuera del control al que había estado sometida su práctica en los siglos pasados.

Goya se ocupó de este tema escabroso sin tapujos, como lo hizo con tantas otras contradicciones de su época. De nuevo, vemos oscilar su atenta y aguda mirada entre diversas emociones, contradictorias como la propia vida:

  • La fascinación ante la belleza femenina, dócil y plena, de las majas.

  • Cierta lástima por las víctimas; a las que, por otra parte, no pinta ingenuas, sino cómplices pasivas (Capricho 15, 17).

  • La caricaturización destructiva de las viejas alcahuetas, las perpetuadoras del oficio. En ellas la contradicción de la condición humana, en la que tanto se complace Goya, se muestra patente, pues reune en un mismo ser al explotador y a la víctima. Mujeres contradictorias en las que religiosidad -simbolizada por el rosario- y maldad conviven inseparablemente (Capricho 31). Y, a pesar de ello, dignas de lástima, pues no les queda ya más satisfacción que el engaño -el arma de los débiles- y el vino (Dibujo D.22).

  • La risa ante los hombres, víctimas culpables de su lujuria, que les lleva a convertirse en ciegos juguetes de estas mujeres (Capricho 19, Capricho 20, Capricho 35), y a perder su fortuna -económica, se entiende-.

  • Y la denuncia de los alguaciles, soldados, jueces y otros representantes del poder público que, debiendo poner orden en tanta miseria, la consienten y aun se aprovechan de ella. Especialmente, claro, de las más humildes (Capricho 34, Capricho 21, 22, Dibujos B.82, F.81, F.86).

Goya se muestra en este tema, una vez más, incisivo y maduro, sosteniendo la mirada ante la crudeza de la vida, a la vez bella y miserable. No hay buenos y malos, sino que, como dice el refrán español, cada palo debe aguantar su vela. Las parejas de celestinas -viejas, dependientes, explotadoras, religiosas y acabadas- y majas -jóvenes, bellas, plenas y aparentemente ingenuas- crean una fascinante metáfora del destino humano.

Metáfora que se resuelve en la paradoja: la celestina fue maja, y la maja será celestina; la víctima será el verdugo, y el verdugo fue víctima. El varón, juguete de sus pasiones, es tanto reo como ejecutor. Y, el dinero, ese ser impersonal en el que es fácil camuflar nuestras responsabilidades, la navaja que, guiada con tino por nuestros peores sentimientos, cercena el destino de todos.


Bibliografía

Alcalá Flecha, Roberto. Literatura e ideología en el arte de Goya. Zaragoza: Diputación General de Aragón, 1988.


Francisco Javier García Marco


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